Eran las tres de la tarde cuando llegaba solo. Su cama no tenía más que un sucio, plomizo, azuloso edredón, el sol dejaba entrever una manchas en el cristal de su mesita de noche. No tenía mucho espacio para escribir, pero se daba modos, nadie sabía cómo pero en la esquina derecha tenía su mini blog. Las letras negras sobre el fondo amarillo de sus papelitos apenas contenían frases aisladas.. Aquí estuve. .. No, no era rojo…Dejó de ver hacia el avión y miró hacia la alcantarilla…Todos lo miraban, él no miraba a nadie. Y así, nada podía ser mejor que esas frases… el que lo conocía, sabía que podían ser la colilla impresionante de una historia o quizá el comienzo de un relato costumbrista. Por ahora, solo eran las tres de la tarde y llegaba solo, solo. El espejo reflejó su rostro y una mancha rojiza en el lado derecho de su mejilla dibujaba un rictus de amargura en la comisura de sus labios. No podía haberlo intuido, el ascensor estaba lleno, casi doce personas y ella en el medio, como un cartel… un tatuaje oscuro distinguía su cuello de todo el contexto azul que la rodeaba… un signo, una palabra y la rabia que no se dejaba abatir a pesar de la lluvia y el frío de la tarde, emitió un sonido gutural… extraño y profundo. La mirada, el desprecio y la bofetada que arrastró con cadenas dos palabras lapidarias, se volvieron el eco incomprensible de su amorío: no vuelvas más…nunca más… te odioooooooooooo. Seguramente en la noche iniciaría un cuentillo de aquellos para su blog… Eran las tres de la tarde cuando el eco de la ooo aún repiqueteaba en su cerebro…